02
Octubre
2017

EL CINE... A LA CARRERA

Últimamente parece como si se hubiese desatado una competición en las campañas de publicidad que hacen las productoras de cine para promocionar algunas de sus producciones. Los creativos de las compañías deben de haber recibido de sus jefes esta instrucción: “¡hay que ir a por todas!”, y ni cortos ni perezosos han empezado a saltarse la línea que separa la genialidad publicitaria y el exceso, con unas campañas que han provocado estruendo y escándalo. No hay que ir muy lejos para recordar la que se organizó las pasadas Navidades cuando la compañía Netflix colocó un enorme cartel en la Puerta del Sol de Madrid anunciando la serie Narcos. Aquello de “Oh, blanca Navidad” provocó por todas partes una oleada de protestas, incluyendo la de la ministra de Asuntos Exteriores de Colombia. Pues bien, parece que se va a volver a repetir algo parecido con ocasión del cartel colgado recientemente en el centro de San Sebastián para promocionar la película Fe de etarras, una comedia sobre las peripecias de un comando terrorista en los días en que España ganó el Mundial de Fútbol.

Curiosamente a las series y películas que tratan temas de violencia y terrorismo se les está dedicando un enorme despliegue publicitario. Esos asuntos despiertan cada vez un mayor interés y las compañías, que están a la que salta, hincan el diente sobre ellos tratando de sacar todo el beneficio posible con toda la parafernalia promocional que está en su mano. Sin embargo resulta que cuando en el mercado aparecen de vez en cuando algunas producciones con campañas de promoción mucho más modestas, seguramente porque sus contenidos están en los antípodas de todo ese ruido escandaloso, (por ejemplo, películas como “Shrek”, “Chicken run”, “Up”, “Gru, mi villano favorito”, “Los chicos del coro”, etc.), tenía lugar un fenómeno sorprendente: la publicidad más efectiva era la que salía de los propios espectadores y espectadoras, pues eran quienes se la recomendaban con sincero entusiasmo a sus familiares y amistades, y los medios de comunicación recogían la noticia de este marketing espontáneo que estaba surgiendo desde abajo y que levantaba las taquillas.

Recuerdo perfectamente cómo me llegaron las invitaciones para que no dejara de ver esas películas. Los “lemas publicitarios” que empleaban para animarme a que fuera al cine no se parecían en nada a los clásicos de esas otras campañas, ni mucho menos. Es más, tenían un aire de agradecimiento, eran como una forma de corresponder, de hacerle también a uno partícipe de los sentimientos que ellos habían sentido. Mis amistade y familiares utilizaban frases del tipo ”me ha emocionado de veras”, “no te la puedes perder, qué cosa tan bonita”, “hacía tiempo que no veía una historia tan humana”, “debería verla todo el mundo”, “menos mal que por fin se puede ver algo que merece la pena”, y así.

Es evidente que las películas que a través del humor, la acción o el drama tocan con más o menos intención temas humanos que reflejan valores, se defienden ellas solas. Sin embargo no estaría nada mal que esos creativos que están a la carrera a ver quién pone en un cartel el lema publicitario más escandaloso, dedicado a producciones llenas de ruido y furia, le diesen más cancha a esas otras películas que, como me decía un amigo, aciertan a llegarle a uno “de verdad al corazón”, de una manera directa y sencilla. Por si no han caído en la cuenta les paso el soplo de tres muy recientes: la rusa “Kikoriki: equipo invencible”, la japonesa “Gatos, un viaje de vuelta a casa” y la francesa “Amarillito”. Pueden escoger…

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